¿A qué suena Venezuela?: El paisaje sonoro de un país
¿Te has detenido alguna vez a pensar cómo suena tu cotidianidad? Muchas veces damos los sonidos por sentado. Sin embargo, la identidad de una nación como Venezuela no solo se dibuja en sus paisajes visuales o en sus platos típicos; se esculpe, de manera profunda y constante, en su entorno acústico.
El extraordinario equipo de Criollo Sapiens se propuso responder a una pregunta tan compleja como fascinante: ¿A qué suena Venezuela? A través de una impecable investigación audiovisual, entrevistas a especialistas y un recorrido por nuestras raíces, nos invitan a ponernos los audífonos y a escuchar nuestra cultura con mucha más atención y menos ruido de fondo.
Oír no es lo mismo que escuchar
Para adentrarnos en la identidad sonora, el audiovisual recurre a pensadores fundamentales. Citan al filósofo Jean-Luc Nancy, quien explicaba que oír es simplemente detectar un ruido de forma biológica, mientras que escuchar implica dejar que ese sonido te afecte el cuerpo, te mueva por dentro y genere una reacción profunda.
Nuestra historia sonora no comenzó en un estudio de grabación ni en las plataformas de streaming. Antes de convertirse en música estructurada, los sonidos de nuestro entorno sirvieron para orientarnos, para alertar peligros y para conectar comunidades. Como bien recoge el video, filósofos como Friedrich Nietzsche planteaban que el ritmo vino antes que el lenguaje: primero bailamos y luego aprendimos a hablar. En Venezuela, esto cobra un sentido literal.
El paisaje sonoro: De los entornos High-Fi al caos Low-Fi
Uno de los conceptos teóricos más interesantes que explora el trabajo de Criollo Sapiens es el acuñado por el compositor canadiense R. Murray Schafer: el paisaje sonoro (soundscape). Schafer dividía el mundo acústico en dos grandes categorías que explican a la perfección la evolución de nuestra identidad musical:
- Paisajes High-Fi (Alta fidelidad): Son entornos donde cada sonido se distingue con total claridad debido a la falta de saturación. Hablamos del campo, el llano o la selva de Guayana, donde el silencio es profundo y se puede escuchar una rama rompiéndose a lo lejos. Es el espacio que magistralmente retrató el maestro Simón Díaz con sus tonadas, capaces de traducir el aislamiento, el atardecer y el diálogo directo con la naturaleza.
- Paisajes Low-Fi (Baja fidelidad): El opuesto absoluto. Es el entorno urbano y sobresaturado —como el de nuestra amada y caótica Caracas— donde los ruidos compiten agresivamente entre sí: las motos, los vendedores ambulantes, las alarmas y las cornetas.
Cuando el paisaje del venezolano cambió radicalmente del campo a la ciudad debido al boom petrolero, también cambió su forma de escuchar y la música que necesitaba para habitar su nuevo espacio. Los ritmos tradicionales, concebidos en entornos pausados, dieron paso a compases más apretados, intensos y urbanos.
Del ritual ancestral a la pista de baile
El video nos sumerge en la enorme riqueza de nuestras vertientes originarias. Al conversar sobre la música indígena, descubrimos que no fue hecha para ser comercializada ni explotada; su naturaleza es el ritual, una conexión íntima y hacia adentro que a veces puede durar más de 14 horas continuas. Instrumentos ancestrales como la maraca siguen completamente vivos y vigentes en el folklore actual.
Por otro lado, la herencia afrovenezolana delineó de forma definitiva nuestra costa y nuestra fe. Amparados en el calendario litúrgico católico durante la época colonial, los ritmos del tambor (San Juan, San Benito, San Antonio) crearon un sello multiétnico a lo largo de miles de kilómetros de litoral. Hoy en día, la riqueza rítmica de los tambores venezolanos —con compases métricos sumamente únicos en el mundo— sigue influenciando desde el afro-house hasta las producciones más contemporáneas de la música urbana.
Un rompecabezas de influencias y una voz global
¿Por qué cambiaron nuestros sonidos? El documental nos demuestra que no hay una sola respuesta. Nuestro oído actual se moldeó gracias a:
- Las migraciones y la radio: En los años 50 y 70, la necesidad de llenar programación radial abrió las puertas a la salsa y el merengue extranjero, influyendo tanto en el público que el Estado tuvo que regular un porcentaje de música nacional. Asimismo, la llegada de trabajadores estadounidenses a los campos petroleros del Zulia trajo consigo el jazz y el blues.
- La necesidad del baile: Las complejidades de algunos ritmos tradicionales hicieron que en las ciudades se popularizaran géneros más estables y repetitivos, ideales para las fiestas urbanas.
- La expresión social: El crecimiento de las desigualdades en los barrios venezolanos encontró en el hip hop y el rap (con figuras ineludibles como Canserbero) un canal crudo y artístico para canalizar la frustración urbana.
Hoy en día, la diáspora venezolana ha esparcido este ecosistema sonoro por todo el planeta. Artistas como Rawayana, Danny Ocean o Elena Rose llevan consigo ese «matiz Caribe» inconfundible. Productores locales están logrando meter la percusión afrovenezolana en bandas sonoras de series internacionales, en festivales como Coachella y en bandas sonoras de videojuegos globales.
El valor de Criollo Sapiens
Este artículo no puede cerrar sin aplaudir de pie el trabajo de Criollo Sapiens. En tiempos de gratificación instantánea y contenidos superficiales, se agradece profundamente la existencia de creadores que dediquen tiempo, investigación y una producción de altísimo nivel a hurgar en las raíces de lo que somos. Su capacidad para conectar la teoría musical internacional con el ruido de un motorizado caraqueño o el canto de una guacamaya es un regalo para la memoria cultural del país.
Venezuela suena a muchas cosas a la vez: a tambor, a cuatro, a salsa en un autobús, a lluvia sobre el zinc y a resistencia. No se trata de encasillarnos en un solo género, sino de entender que nuestro mapa sonoro es una conversación infinita, diversa y ruidosa que nunca se detiene.
Y tú, que lees Agenda Cultural CCS, ¿qué sonido te transporta de inmediato a Venezuela?