El Coliseo del Conde: El primer aplauso de Caracas
Hacia finales del siglo XVIII, Caracas era una ciudad de ritos religiosos y plazas de mercado, pero carecía de un espacio dedicado exclusivamente al ocio cultural. Todo cambió en 1784, cuando el gobernador Juan de Guillelmi autorizó la construcción del primer edificio teatral de la capital: el Coliseo (o Teatro) del Conde.
Un teatro con fines sociales
Ubicado estratégicamente entre las esquinas de El Conde y Carmelitas, este recinto no solo nació por amor al arte. En una decisión administrativa curiosa para la época, se decretó que las ganancias de las funciones se destinaran al sostenimiento del Hospital de Mujeres y el Lazarillo de San Lázaro. Así, el entretenimiento se convirtió en el motor de la beneficencia pública.
La estructura y el ambiente
A diferencia de los corrales de comedias improvisados, el Coliseo era una estructura formal, mayoritariamente de madera, con una capacidad asombrosa para la época: cerca de 1,500 espectadores.
El Patio: Donde el pueblo llano veía las obras de pie.
Los Palcos: Reservados para las familias mantuanas y las autoridades coloniales.
La Iluminación: Se hacía con velas de sebo y lámparas de aceite, lo que le daba un aire místico (y algo peligroso) a las veladas.
El fin de una era
El esplendor del Coliseo del Conde terminó de forma abrupta. El terremoto de 1812, que redujo a escombros gran parte de la Caracas colonial, no perdonó sus vigas de madera. Aunque el edificio desapareció físicamente, sembró la semilla de la tradición teatral que hoy continúa en espacios como el Teatro Municipal o el Teresa Carreño.
El escándalo de los palcos y la «etiqueta» mantuana
En el Coliseo del Conde, el espectáculo no siempre estaba sobre el escenario; a veces, el verdadero drama ocurría en los asientos.
Se cuenta que, poco después de su inauguración, estalló una disputa pública que llegó hasta los oídos del Cabildo. Resulta que las familias de la aristocracia mantuana se negaban a compartir el mismo espacio visual con el «vulgo». Para solucionar esto, el teatro se diseñó con una división de clases tan rígida que incluso las entradas eran distintas.
La anécdota: Se dice que en las noches de estreno, las señoras de la alta sociedad caraqueña competían por quién llevaba el peinado más alto o las joyas más costosas, a pesar de que la iluminación era apenas de velas de sebo que goteaban grasa y llenaban el ambiente de un humo denso. En una ocasión, una función tuvo que detenerse porque el humo de las lámparas era tan fuerte que los actores no podían ver al apuntador (la persona que les recordaba los diálogos desde el foso), ¡y el público empezó a toser al unísono como si fuera parte de la obra!
¿Qué se veía en cartelera?
No esperes grandes clásicos modernos. Lo que predominaba eran las «Loas» (piezas cortas de alabanza a la Corona o a figuras religiosas) y las comedias de capa y espada de autores españoles. Sin embargo, lo más esperado eran los entremeses musicales, donde se colaban ritmos populares que escandalizaban a los más conservadores pero hacían que el patio estallara en aplausos.