Manuel Cabré: el pintor del Ávila
Manuel Cabré (1890–1984) ocupa un lugar singular en la historia del arte venezolano. Su nombre está indisolublemente ligado al cerro El Ávila, esa montaña que se erige como guardiana de Caracas y que él convirtió en protagonista de su obra. Cabré no solo pintó un paisaje: construyó una identidad visual que aún hoy define la memoria colectiva de la ciudad.
Nacido en Barcelona y llegado a Venezuela siendo niño, Cabré se formó en la Academia de Bellas Artes de Caracas, donde absorbió las enseñanzas académicas y el rigor técnico. Sin embargo, pronto se inclinó hacia una búsqueda más personal. Su participación en el grupo de los “Disidentes” y su contacto con las vanguardias europeas le dieron un lenguaje propio, capaz de conjugar tradición y modernidad.
El Ávila fue su obsesión y su refugio. Lo pintó en todas sus facetas: al amanecer con tonos rosados, bajo la luz intensa del mediodía, envuelto en brumas o incendiado por el ocaso. Cabré entendió que la montaña era más que un accidente geográfico; era símbolo de pertenencia, de arraigo y de espiritualidad. Sus lienzos transmiten la vibración de la naturaleza y la relación íntima entre el paisaje y la vida urbana.
Su estilo evolucionó desde un impresionismo luminoso hacia una síntesis más libre, donde la pincelada se convierte en energía y el color en emoción. Cabré no buscaba la mera representación fiel, sino la atmósfera, la sensación de estar frente a la montaña. En ese sentido, su obra es también un testimonio de la transformación de Caracas en el siglo XX: una ciudad que crecía y cambiaba, pero que seguía encontrando en El Ávila su horizonte permanente.
Reconocido como “el pintor del Ávila”, Cabré recibió homenajes y premios en vida, y su legado se conserva en museos y colecciones privadas. Más allá de los galardones, su verdadera trascendencia radica en haber dado al país una iconografía propia, un espejo donde los caraqueños se reconocen. Cada cuadro suyo es una invitación a contemplar la montaña con nuevos ojos, a descubrir en ella la poesía de lo cotidiano.
Hoy, cuando la ciudad enfrenta desafíos y transformaciones, la obra de Manuel Cabré sigue recordándonos que el arte puede ser un acto de pertenencia y de resistencia. Su Ávila es un símbolo de continuidad, un recordatorio de que la belleza está siempre presente, esperando ser mirada con atención y gratitud.